Polvo eres, y en polvo te convertirás
Por Félix Carroll
En estos momentos nos vemos enfrentados a una incómoda realidad: "Recuerda que polvo eres, y en polvo te convertirás."
Esas son las palabras del sacerdote mientras impone las cenizas en la frente de los fieles, y a decir verdad, no nos inspiran sentimientos de júbilo.
Pero por supuesto, la Cuaresma es un arduo trayecto de 40 días para llegar hasta la más preciada recompensa: nuestra salvación.
En cada Cuaresma, un profundo silencio parece que nos invade y la música y las luces de navidad se convierten en un lejano recuerdo. Y ahí estamos nosotros pecadores con la decisión que debemos tomar: la decisión de acercarnos más a nuestro Salvador Misericordioso quien anhela nuestro regreso a Él.
Ahora que hemos sido "marcados" con las cenizas, ¿cómo podemos usar este tiempo de Cuaresma? ¿Cómo podemos tener un encuentro más cercano con nuestro Salvador? ¿Cómo podemos recibir las gracias que Él Mismo nos ofrece?
Debemos pensar en la Cuaresma como un "campamento de entrenamiento espiritual", donde nuestro entrenamiento es a través de la oración, la reflexión y la penitencia. No se supone que sea fácil pero nuestro Señor y la Santísima Virgen están aquí para ayudarnos.
Primero: debemos confrontar nuestros pecados.
Durante la Cuaresma, seguimos los pasos de Cristo en el desierto. Mientras Él se preparaba para su ministerio, resistió con éxito las tentaciones de Satanás. Asimismo, nosotros nos preparamos durante la Cuaresma para vivir Su Palabra y estamos llamados a resistir el pecado con fortaleza y un corazón sincero.
No podemos hacerlo solos, debemos apoyarnos en el Señor y la Santísima Madre a través de la oración, ya que es la "lengua materna" del Señor. En el Diario de Santa Faustina, Jesús nos enseña cómo podemos hablarle:
"No tengas miedo, alma pecadora, de tu Salvador... desea hablar a solas con tu Dios de la Misericordia que quiere decirte personalmente las palabras de perdón y colmarte de Sus gracias. Oh, cuánto Me es querida tu alma"(1485).
La tradicional oración Mariana, el Memorare, enfatiza de una manera hermosa el papel de María en nuestra salvación:
Acordaos, oh piadosísima Virgen María!, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando tu auxilio, haya sido desamparado. Animado por esta confianza, a Vos acudo, Madre, Virgen de vírgenes, y gimiendo bajo el peso de mis pecados me atrevo a comparecer ante Vos. Madre de Dios, no desechéis mis súplicas, antes bien, escuchadlas y acogedlas benignamente.
Amén.
En esta Cuaresma, deposite su confianza en el Señor y pida a Nuestra Señora su intercesión para que usted pueda cumplir el llamado de Cristo: "vuélvanse a Dios y acepten con fe sus buenas noticias" (Marcos 1, 15). Y recuerde las palabras del Señor a Santa Faustina: "Ningún alma que ha invocado Mi misericordia ha quedado decepcionada ni ha sentido confusión" (Diario, 1541).
Segundo: En esta temporada de Cuaresma responda al llamado de Cristo.
Cristo nos enseño que: "Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídense de sí mismo, cargue con su cruz cada día y sígame" (Lucas 9, 23)
¿Cómo podemos olvidarnos de nosotros mismos? Debemos estar dispuestos a renunciar a los vicios, el orgullo y los pecados. Debemos estar dispuestos a buscar dentro de nuestros corazones para decidir quién o qué se encuentra allí: ¿cosas materiales? ¿La ambición? ¿Dios?
María nos enseña que el camino hacia la cruz se recorre desinteresada y abnegadamente, ya que para ella, las necesidades de Cristo están antes que sus propias. Cuando ella le da el "sí" a Dios en la Anunciación, para ella significaba renunciar a sus planes de estar casada para abrir con total confianza su Corazón al Señor.
Para nosotros esto significa esforzarnos cada día para ser instrumentos de la voluntad de Dios. Estamos llamados a jugar un papel activo en la redención del mundo y unirnos así a la Pasión del Señor, como lo hizo María en los pies de la cruz de su Hijo.
En esta Cuaresma, ponga las necesidades de Cristo antes que las suyas, alabando al Señor y estando al servicio de Dios y el prójimo. Comprométase a llevar a cabo obras de misericordia, como por ejemplo, prestando un servicio en su comunidad. Que su sacrificio sea como una ofrenda en respuesta al regalo que Dios Mismo nos dio en la cruz.
Finalmente, vuelva su mirada al rostro del Señor.
Las Escrituras nos dicen que "somos con un espejo que refleja la gloria del Señor, y vamos transformándonos en Su imagen misma" (2 Corintios 3, 18).
Ese es exactamente el objetivo de la Cuaresma: mirar Su rostro e imitar su ejemplo, siguiendo Sus enseñanzas y sus acciones. Lea las Escrituras diariamente y si puede, vaya a Misa todos los días.
Entre más miremos la cruz, más gracias recibiremos para cargar nuestras propias cruces.
Que las cenizas que marcan el inicio de la Cuaresma nos recuerden que Dios es misericordioso con aquellos que se acercan a Él con un corazón contrito. Al tomar la cruz de Cristo, mirar Su rostro, imitar Su ejemplo, nos preparamos para celebrar la Pascua y el Domingo de la Divina Misericordia. Y que asimismo comencemos a vivir el mensaje de la Divina Misericordia: amar a Dios y al prójimo todos los días del año.
Para todos los que tomamos la decisión de ser "marcados" con la señal de la cruz el Miércoles de Ceniza, nuestro camino apenas comienza: "Y ahora es el momento oportuno. ¡Ahora es el día de la salvación! (2 Corintios 6, 2).